Una respuesta
inmediata puede ser: poco o nada. Poco o nada porque el partido ha perdido la brújula en los
político, económico y social.
Cualquier
militante observador puede darse cuenta que el PRD tiene un origen
carismático-caudillista, es decir, su fundación se debe básicamente al impulso
o inercia generada por un personaje que fue capaz de articular diversas fuerzas
para aglutinarlas en una organización que él va encabezar y por lo tanto decidir
sobre su vida interna. Ojo este tipo de partidos suelen ser estigmatizados por
los “teóricos” estadounidenses porque, todo aquello que rompe con sus modelos,
lo consideran exótico, singular y por lo tanto atenta contra la vida
institucional de cualquier país. Así mismo cuenta con otro rasgo originario: la
existencia de corrientes internas que aglutinan a su militancia y compiten
entre sí para obtener mayor poder y recursos dentro y fuera del PRD.
Estos rasgos han
persistido a lo largo de los 25 años del partido y están lejos de borrarse,
sobre todo la dinámica de corrientes, dado que, después de Andrés Manuel López
Obrador no existe hasta el momento otro líder capaz de “disciplinar” a estos
grupos.
Son los
militantes quienes padecen de manera cotidiana las dinámicas de la vida interna
del PRD, pero cuando hablo de militantes no me refiero a los líderes de medio
pelo, quienes aspiran a obtener una diputación local, federal o algún cargo
dentro de los comités estatales y mucho menos hago referencia a las clientelas
de las que estos “dirigentes” se sirven para hacerse sentir dentro de las
estructuras partidistas. No, hablo de las personas que decidieron participar de
manera voluntaria y quienes a su vez se encontraron con estas corrientes cuyos
actos responden más bien a lógicas de facciones.
Este tipo de
militantes tienen poca o nula oportunidad de participar de manera real dentro
del PRD si deciden no afiliarse en una corriente, esto podría ser sano siempre
y cuando no se atentara contra la estabilidad del propio partido, fenómeno que
sucede cada que viene una elección interna, cambio de la dirigencia nacional o
incluso estatal, etc. Bajo estas variables son las facciones y sus
“dirigentes”, que dicho sea de paso, suelen ser catalogados como mediocres[1]
quienes deciden si el PRD tendrá o no estabilidad y gobernabilidad.
Con esta amenaza
son al menos tres grandes corrientes que se han enquistado dentro del partido,
Nueva Izquierda, Izquierda Democrática Nacional y algunas otras que suelen
jugar a la bisagra para “desempatar” y sacar mayor beneficio de las
“negociaciones”. Hay que decirlo el PRD vive bajo estas condiciones es culpa
primero de Cuauhtémoc Cárdenas quien se benefició en un primer momento, ya que,
él contaba con la capacidad de repartir los espacios a los grupos, que
posteriormente derivarían estas corrientes, que le garantizaban mayor lealtad.
Posteriormente fue el propio López Obrador quien solapó la consolidación de
pequeñas oligarquías, las cuales fueron las responsables de su salida, aquí se
puede entender el dicho: “cría cuervos…”
Los preocupante
es que las corrientes, están muy lejos de desaparecer, cada una presenta su
propio proyecto de partido, se pelean la interlocución ante las otras fuerzas
partidistas y con el gobierno federal, ¿apoco se pensaba que la confrontación
interna por la entrada del PRD al “Pacto por México” fue una cuestión de
principios e ideales? Si bien este partido ha logrado cosas importantes en
materia legislativas y políticas públicas de gobierno, éstos se ven opacados
por la endeble estabilidad que a cargo de las corrientes internas, la
militancia se bifurca en lealtad al grupo y al líder, elementos que garantizan
un probable crecimiento en la carrera política del aspirante.
Visto desde
afuera, la mística militante dentro del PRD se puede reducir en tres formas: la
primera, contar con un liderazgo cuya base sea un capital social construido a
través de lógicas clientelares; la segunda, pertenecer a la aristocracia del
partido, es decir, ser descendiente directo de la oligarquía que posee la
estructuras partidistas y tercera, confrontarse con todas y todos, para llamar
la atención de alguna corriente para que pueda “adoptarlo” y quizás tener la
oportunidad de acceder a espacios de decisión.
Pero lo que
realmente me preocupa es que las juventudes perredistas parece que repiten
estas prácticas y se sirve de ellas para crecer, pero se quejan de las mismas
cuando interfieren en sus (i)legitimas aspiraciones. Aun así pienso que es
necesario buscar formas más creativas de militancia, construir vasos
comunicantes con los movimientos sociales rompiendo con las tentaciones
clientelares o aspirar a una caricatura del corporativismo; estoy convencido de
que se puede lograr.
Finalmente la
“marca” originaria carismática-caudillista del PRD se esta repitiendo con
Andrés Manuel López Obrador y Morena, además se están sumando grupos que
también forman corrientes, la diferencia es que no se reconocen en sus
estatutos, quizás esto sea un candado que ayuda a centralizar la toma de decisiones.
Algo debe estar pasando en la izquierda mexicana que sólo alcanza acuerdos y
pactos a través de este tipo de institucionalización.
@Win_Ramirez
[1] Víctor Hugo Martínez
González, “La devaluación organizativa del PRD”, en Jorge Cadena-Roa y Miguel Armando
López Leyva (Compiladores), El PRD:
orígenes, itinerario y retos, UNAM-IIS-CIICH, México, 2013, p. 224



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