lunes, 5 de mayo de 2014

25 años del Partido de la Revolución Democrática. Botín de sus corrientes

Una respuesta inmediata puede ser: poco o nada. Poco o nada porque el partido ha perdido la brújula en los político, económico y social.

Cualquier militante observador puede darse cuenta que el PRD tiene un origen carismático-caudillista, es decir, su fundación se debe básicamente al impulso o inercia generada por un personaje que fue capaz de articular diversas fuerzas para aglutinarlas en una organización que él va encabezar y por lo tanto decidir sobre su vida interna. Ojo este tipo de partidos suelen ser estigmatizados por los “teóricos” estadounidenses porque, todo aquello que rompe con sus modelos, lo consideran exótico, singular y por lo tanto atenta contra la vida institucional de cualquier país. Así mismo cuenta con otro rasgo originario: la existencia de corrientes internas que aglutinan a su militancia y compiten entre sí para obtener mayor poder y recursos dentro y fuera del PRD.
Estos rasgos han persistido a lo largo de los 25 años del partido y están lejos de borrarse, sobre todo la dinámica de corrientes, dado que, después de Andrés Manuel López Obrador no existe hasta el momento otro líder capaz de “disciplinar” a estos grupos.

Son los militantes quienes padecen de manera cotidiana las dinámicas de la vida interna del PRD, pero cuando hablo de militantes no me refiero a los líderes de medio pelo, quienes aspiran a obtener una diputación local, federal o algún cargo dentro de los comités estatales y mucho menos hago referencia a las clientelas de las que estos “dirigentes” se sirven para hacerse sentir dentro de las estructuras partidistas. No, hablo de las personas que decidieron participar de manera voluntaria y quienes a su vez se encontraron con estas corrientes cuyos actos responden más bien a lógicas de facciones.


Este tipo de militantes tienen poca o nula oportunidad de participar de manera real dentro del PRD si deciden no afiliarse en una corriente, esto podría ser sano siempre y cuando no se atentara contra la estabilidad del propio partido, fenómeno que sucede cada que viene una elección interna, cambio de la dirigencia nacional o incluso estatal, etc. Bajo estas variables son las facciones y sus “dirigentes”, que dicho sea de paso, suelen ser catalogados como mediocres[1] quienes deciden si el PRD tendrá o no estabilidad y gobernabilidad.

Con esta amenaza son al menos tres grandes corrientes que se han enquistado dentro del partido, Nueva Izquierda, Izquierda Democrática Nacional y algunas otras que suelen jugar a la bisagra para “desempatar” y sacar mayor beneficio de las “negociaciones”. Hay que decirlo el PRD vive bajo estas condiciones es culpa primero de Cuauhtémoc Cárdenas quien se benefició en un primer momento, ya que, él contaba con la capacidad de repartir los espacios a los grupos, que posteriormente derivarían estas corrientes, que le garantizaban mayor lealtad. Posteriormente fue el propio López Obrador quien solapó la consolidación de pequeñas oligarquías, las cuales fueron las responsables de su salida, aquí se puede entender el dicho: “cría cuervos…”

Los preocupante es que las corrientes, están muy lejos de desaparecer, cada una presenta su propio proyecto de partido, se pelean la interlocución ante las otras fuerzas partidistas y con el gobierno federal, ¿apoco se pensaba que la confrontación interna por la entrada del PRD al “Pacto por México” fue una cuestión de principios e ideales? Si bien este partido ha logrado cosas importantes en materia legislativas y políticas públicas de gobierno, éstos se ven opacados por la endeble estabilidad que a cargo de las corrientes internas, la militancia se bifurca en lealtad al grupo y al líder, elementos que garantizan un probable crecimiento en la carrera política del aspirante.

Visto desde afuera, la mística militante dentro del PRD se puede reducir en tres formas: la primera, contar con un liderazgo cuya base sea un capital social construido a través de lógicas clientelares; la segunda, pertenecer a la aristocracia del partido, es decir, ser descendiente directo de la oligarquía que posee la estructuras partidistas y tercera, confrontarse con todas y todos, para llamar la atención de alguna corriente para que pueda “adoptarlo” y quizás tener la oportunidad de acceder a espacios de decisión.

Pero lo que realmente me preocupa es que las juventudes perredistas parece que repiten estas prácticas y se sirve de ellas para crecer, pero se quejan de las mismas cuando interfieren en sus (i)legitimas aspiraciones. Aun así pienso que es necesario buscar formas más creativas de militancia, construir vasos comunicantes con los movimientos sociales rompiendo con las tentaciones clientelares o aspirar a una caricatura del corporativismo; estoy convencido de que se puede lograr.

Finalmente la “marca” originaria carismática-caudillista del PRD se esta repitiendo con Andrés Manuel López Obrador y Morena, además se están sumando grupos que también forman corrientes, la diferencia es que no se reconocen en sus estatutos, quizás esto sea un candado que ayuda a centralizar la toma de decisiones. Algo debe estar pasando en la izquierda mexicana que sólo alcanza acuerdos y pactos a través de este tipo de institucionalización.



@Win_Ramirez 


[1] Víctor Hugo Martínez González, “La devaluación organizativa del PRD”, en Jorge Cadena-Roa y Miguel Armando López Leyva (Compiladores), El PRD: orígenes, itinerario y retos, UNAM-IIS-CIICH, México, 2013, p. 224  

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