lunes, 12 de mayo de 2014

La representación y su crisis, en todas partes

Hace algunos días tuve la grata invitación para participar en el Cuarto Congreso de Estudiantes de Posgrado, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); el tema que me tocó abordar fue la “Representación de alumnos de Posgrado en los Cuerpos Colegiados de la UNAM”, por mi papel de Consejero Universitario.
                                                
Básicamente expuse como se compone el Consejo Universitario, las obligaciones de quienes ahí participamos y la posibilidad de incidir realmente en una institución tan importante como lo es la UNAM. El Consejo Universitario es la máxima autoridad colegiada de la Universidad, dado que se encarga de expedir todas las normas y disposiciones generales encaminadas a la mejor organización y funcionamiento técnico, docente y administrativo de la institución educativa más importante del país.

Este órgano colegiado se compone de 290 miembros, quienes representan a todos los sectores que convergen al interior de la Universidad; los estudiantes contamos con 80 consejeros que a su vez se sub dividen de la siguiente forma: 16 de bachillerato (CCH y ENP), 52 de escuelas y facultades y 12 de posgrado. Probablemente a primera vista, el sector estudiantil se encuentre en desventaja ante el pleno del Consejo, no obstante, el verdadero trabajo se da en las comisiones, cuyo papel es desahogar los diversos temas que componen la agenda universitaria.

Particularmente, tuve la responsabilidad de integrarme a la Comisión de Legislación Universitaria y ahí el sector estudiantil contaba con ocho representantes igualando a los directores y superando a los profesores e investigadores. La desventaja fue que sólo asistíamos de manera regular de tres a cuatros consejeros estudiantiles, pero aun así logramos dar la vuelta en temas y discusiones trascendentales para la UNAM.

Al final de la presentación, vinieron las preguntas del público asistente, algunos de ellos cuestionaron el número reducido de la representación estudiantil y la legitimidad de estos espacios, en suma, abrieron el espacio para debatir la representación política y su validez. Personalmente comparto una posición crítica hacia esta fórmulas para instrumentar la democracia como forma de gobierno, pero más allá de iniciar críticas en contra de los representantes opte por girar hacía la otra cara, es decir, los representados.

Hasta cierto punto me sorprendí de la cantidad de alumnos, de licenciatura y posgrado que desconocían el nombre de su consejero universitario, técnico y académico, así como sus funciones y responsabilidades, quizás pueda justificar dicha situación ante el ambiente tan estresante que demanda el estar cursando estudios superiores. No obstante al preguntarles cuántos de ellos conocían a su diputado federal y local, me aterrorizo la cifra: de un auditorio con alrededor de 150 ciudadanos, sólo seis levantaron la mano.

Me queda claro que este alejamiento entre representantes y representados se da en prácticamente cualquier espacio que implique esta relación: diputados, senadores, consejeros estudiantiles y hasta en el comité vecinal. Por ello voy a lanzar la siguiente afirmación: a quienes ocupan el papel de representantes les conviene que sus representados ignoren su existencia, así pueden actuar según los intereses propios, de partidos o de facciones, total sus votantes ni enterados están.

Me ha tocado jugar en ambos lados de la cancha como representante (estudiantil y vecinal) y como representado. Bajo el primer rol, puedo ufanarme de los esfuerzos que emprendí para que mis compañeros estudiantes y mis vecinos se involucraran en los asuntos que de alguna forma les compete; bajo el segundo papel procuro estar al pendiente de quienes tomar decisiones por mí, ya que por ellos vote. La política es un asunto importante y a veces delicado, necesariamente se le tiene que dedicar tiempo si es que queremos que funcione.


Necesitamos fiscalizar a nuestros representantes, exigirles cuentas o de menos saber quiénes son y así no caer en un papel pasivo-quejoso, que sólo aprovecha las etapas electorales para quejarse amargamente de que la situación está de la chingada. Esto también sirve para erradicar prácticas tan nocivas como el clientelismo, que perpetuado en nuestra democracia a una clase política bastante enana que prefiere invertir en despensas y suvenires, porque le temen a verdaderos ciudadanos, con opinión y voluntad propia.

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