Hace
algunos días tuve la grata invitación para participar en el Cuarto Congreso de
Estudiantes de Posgrado, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM);
el tema que me tocó abordar fue la “Representación de alumnos de Posgrado en
los Cuerpos Colegiados de la UNAM”, por mi papel de Consejero Universitario.
Básicamente
expuse como se compone el Consejo Universitario, las obligaciones de quienes
ahí participamos y la posibilidad de incidir realmente en una institución tan
importante como lo es la UNAM. El Consejo Universitario es la máxima autoridad
colegiada de la Universidad, dado que se encarga de expedir todas las normas y
disposiciones generales encaminadas a la mejor organización y funcionamiento
técnico, docente y administrativo de la institución educativa más importante
del país.
Este
órgano colegiado se compone de 290 miembros, quienes representan a todos los
sectores que convergen al interior de la Universidad; los estudiantes contamos
con 80 consejeros que a su vez se sub dividen de la siguiente forma: 16 de
bachillerato (CCH y ENP), 52 de escuelas y facultades y 12 de posgrado. Probablemente
a primera vista, el sector estudiantil se encuentre en desventaja ante el pleno
del Consejo, no obstante, el verdadero trabajo se da en las comisiones, cuyo
papel es desahogar los diversos temas que componen la agenda universitaria.
Particularmente,
tuve la responsabilidad de integrarme a la Comisión de Legislación
Universitaria y ahí el sector estudiantil contaba con ocho representantes
igualando a los directores y superando a los profesores e investigadores. La desventaja
fue que sólo asistíamos de manera regular de tres a cuatros consejeros
estudiantiles, pero aun así logramos dar la vuelta en temas y discusiones
trascendentales para la UNAM.
Al
final de la presentación, vinieron las preguntas del público asistente, algunos
de ellos cuestionaron el número reducido de la representación estudiantil y la
legitimidad de estos espacios, en suma, abrieron el espacio para debatir la representación
política y su validez. Personalmente comparto una posición crítica hacia esta
fórmulas para instrumentar la democracia como forma de gobierno, pero más allá
de iniciar críticas en contra de los representantes opte por girar hacía la
otra cara, es decir, los representados.
Hasta
cierto punto me sorprendí de la cantidad de alumnos, de licenciatura y posgrado
que desconocían el nombre de su consejero universitario, técnico y académico,
así como sus funciones y responsabilidades, quizás pueda justificar dicha situación
ante el ambiente tan estresante que demanda el estar cursando estudios
superiores. No obstante al preguntarles cuántos de ellos conocían a su diputado
federal y local, me aterrorizo la cifra: de un auditorio con alrededor de 150
ciudadanos, sólo seis levantaron la mano.
Me
queda claro que este alejamiento entre representantes y representados se da en prácticamente
cualquier espacio que implique esta relación: diputados, senadores, consejeros
estudiantiles y hasta en el comité vecinal. Por ello voy a lanzar la siguiente afirmación:
a quienes ocupan el papel de representantes les conviene que sus representados
ignoren su existencia, así pueden actuar según los intereses propios, de
partidos o de facciones, total sus votantes ni enterados están.
Me
ha tocado jugar en ambos lados de la cancha como representante (estudiantil y
vecinal) y como representado. Bajo el primer rol, puedo ufanarme de los
esfuerzos que emprendí para que mis compañeros estudiantes y mis vecinos se
involucraran en los asuntos que de alguna forma les compete; bajo el segundo
papel procuro estar al pendiente de quienes tomar decisiones por mí, ya que por
ellos vote. La política es un asunto importante y a veces delicado,
necesariamente se le tiene que dedicar tiempo si es que queremos que funcione.
Necesitamos
fiscalizar a nuestros representantes, exigirles cuentas o de menos saber quiénes
son y así no caer en un papel pasivo-quejoso, que sólo aprovecha las etapas
electorales para quejarse amargamente de que la situación está de la chingada. Esto
también sirve para erradicar prácticas tan nocivas como el clientelismo, que
perpetuado en nuestra democracia a una clase política bastante enana que
prefiere invertir en despensas y suvenires, porque le temen a verdaderos
ciudadanos, con opinión y voluntad propia.
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