Según el
diccionario de la Real Academia Española, el miedo se define como: perturbación angustiosa del ánimo por un
riesgo o daño real o imaginario; o recelo o aprensión que alguien tiene de que
le suceda algo contrario a lo que desea.[1]
La razón por la cual es necesario definir esta palabra surge a raíz de una
experiencia que rebasó por mucho su definición.
Al terminar mi
jornada como estudiante me dirigía a una cita semanal impostergable, por decir
algo. Venía de la Biblioteca Central cargando una sustanciosa cantidad de
libros especializados en sindicalismo, sistema político y partidos políticos, además
de mi dosis de literatura.
Aborde un
camión sobre el Eje 10 Sur y av. Copilco rumbo al metro Taxqueña; tuve una de
esas pequeñas alegrías encontrar un lugar libre en la hora pico; una vez
sentado me acomode para leer y escuchar música del esclavizador iPod, cuando
del otro lado de la avenida comencé a oír porras estudiantiles, las cuales se
acercaban cada vez más y al voltear comprobé que un numeroso grupo de bocas y
lenguas lanzaba cantos, consignas y mentadas de madre a una sola voz.
Hasta ahí todo
normal, de hecho me pareció gratificante ver como estudiantes pertenecientes a cierta
escuela asumieran sus colores e identidad con tanta pasión y vehemencia,
fenómeno que sólo había observado con mis compañeros de la UNAM y los siempre
rivales del IPN.
Pero conforme
estos jóvenes se iban acercando, comencé a notar que algunos de ellos, además
de eufóricos venían en un estado inconveniente, pa´ pronto venían pedos y
con ganas de comer y vomitar al mundo, pero probablemente era demasiado, así
que se iban a conformar con los peatones y automovilistas que se cruzaran en su
camino. La situación se tornó preocupante cuando alrededor de cinco de ellos
intentaron subir al camión en el que, por desgracia, iba como pasajero.
La reacción
del operador (bueno, chofer) fue cerrar inmediatamente las puertas (trasera y
delantera), motivo por el cual se aglutinó un mayor número de jóvenes con la firme
intención de abordar el camión, auxiliándose de sus eufóricos brazos y floridas
mentadas de madre al operador y al pasaje que se atrevía a cruzar miradas.
Al interior
del camión, el ambiente era de miedo y tensión, todos los que íbamos abordo nos
mirábamos con cara de what y
esperábamos que surgiera algún valiente (mártir) que se sumara a los esfuerzos
del chofer y así evitar que abordaran estos jóvenes fiesteros. Para mi sorpresa
una chica que iba acompañada de su novio, voltea a verme y me exige: ¡por favor haz algo!, acto seguido se
aferra a su compañero de besos.
Mi reacción
fue de total sorpresa y lo único que hice fue voltear a ver al resto del
“pasaje” y ellos me respondieron con la misma mirada, salvo el novio de la
chica, quien se concentró en el techo del camión. Después del intercambio de
miradas decidí sumarme con el chofer (por qué, no lo sé), camine hacia la
puerta delantera y esperaba, de algún modo milagroso poder atrancar, aun más la
puerta. Acto seguido una valiente señora de la tercera edad lanzó una consigna contundente
y pasiva: “apoco nada más hay dos pinches hombres en el camión” y como si fuera
un conjuro, logró invocar a más “hombres” que echaran la mano y así evitar que
los estudiantes fiesteros pudieran tomar el camión.
Para no hacer el
cuento largo, se evitó que los jóvenes abordaran, a costa de aceite en la ropa
y uno que otro recordatorio del 10 de mayo. Superado este pequeño obstáculo
regresamos a nuestros asientos con la cara llena de miedo, terror en algunos y
algo más.
Conforme
íbamos avanzando comencé a cuestionar el comportamiento colectivo de quienes éramos
los pasajeros, preguntas tan simples, por ejemplo ¿por qué ninguno de nosotros reaccionó
de manera inmediata y se lanzó a bloquear las puertas del camión? ¿por qué la
chica me exigió que hiciera algo y no a su novio? Vaya, por qué esperábamos que
alguien más hiciera algo por nosotros, ante una situación de evidente peligro
para todos.
En el mejor de
los casos, los chavos sólo nos hubieran bajado del transporte y habrían llegado
a un acuerdo con el chofer para que los llevara su destino; pero en un
escenario menos alegre, los pasajeros nos hubiéramos llevado una taloneada con
su respectivo coscorrón (nunca falta un manchado que se esconde en la impunidad
y anonimato de la masa).
Quizás
exagero, pero al menos en esta ocasión el principio de solidaridad entre los
seres humanos (que íbamos en el camión) simplemente se esfumó, se vio aplastada
por gritos y porras que impusieron miedo en prácticamente todos los que
estábamos ahí. Por ello no es raro que muchos ciudadanos suelen actuar con
miedo y los paraliza ante las injusticias y esperan a que “otros” actúen o
hagan algo por ellos.
Explica el por
qué los usuarios del metro temen unirse y solidarizase de lleno con el
movimiento #PosMeSalto y prefieren pagar el aumento de $5 pesos al boleto del
metro. Lo que me tocó vivir en a bordo de ese camión resultó muy sintomático,
se vive con un miedo cotidiano.
@Win_Ramirez
[1] Diccionario de la Real
Academia Española, [en línea], dirección URL: http://lema.rae.es/drae/?val=miedo,
[Consulta: 3 de enero de 2014]
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