miércoles, 8 de enero de 2014

Cuando el miedo se impone




Según el diccionario de la Real Academia Española, el miedo se define como: perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario; o recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.[1] La razón por la cual es necesario definir esta palabra surge a raíz de una experiencia que rebasó por mucho su definición.

Al terminar mi jornada como estudiante me dirigía a una cita semanal impostergable, por decir algo. Venía de la Biblioteca Central cargando una sustanciosa cantidad de libros especializados en sindicalismo, sistema político y partidos políticos, además de mi dosis de literatura.

Aborde un camión sobre el Eje 10 Sur y av. Copilco rumbo al metro Taxqueña; tuve una de esas pequeñas alegrías encontrar un lugar libre en la hora pico; una vez sentado me acomode para leer y escuchar música del esclavizador iPod, cuando del otro lado de la avenida comencé a oír porras estudiantiles, las cuales se acercaban cada vez más y al voltear comprobé que un numeroso grupo de bocas y lenguas lanzaba cantos, consignas y mentadas de madre a una sola voz.

Hasta ahí todo normal, de hecho me pareció gratificante ver como estudiantes pertenecientes a cierta escuela asumieran sus colores e identidad con tanta pasión y vehemencia, fenómeno que sólo había observado con mis compañeros de la UNAM y los siempre rivales del IPN.

Pero conforme estos jóvenes se iban acercando, comencé a notar que algunos de ellos, además de eufóricos venían en un estado inconveniente, pa´ pronto venían pedos y con ganas de comer y vomitar al mundo, pero probablemente era demasiado, así que se iban a conformar con los peatones y automovilistas que se cruzaran en su camino. La situación se tornó preocupante cuando alrededor de cinco de ellos intentaron subir al camión en el que, por desgracia, iba como pasajero.

La reacción del operador (bueno, chofer) fue cerrar inmediatamente las puertas (trasera y delantera), motivo por el cual se aglutinó un mayor número de jóvenes con la firme intención de abordar el camión, auxiliándose de sus eufóricos brazos y floridas mentadas de madre al operador y al pasaje que se atrevía a cruzar miradas.

Al interior del camión, el ambiente era de miedo y tensión, todos los que íbamos abordo nos mirábamos con cara de what y esperábamos que surgiera algún valiente (mártir) que se sumara a los esfuerzos del chofer y así evitar que abordaran estos jóvenes fiesteros. Para mi sorpresa una chica que iba acompañada de su novio, voltea a verme y me exige: ¡por favor haz algo!, acto seguido se aferra a su compañero de besos.

Mi reacción fue de total sorpresa y lo único que hice fue voltear a ver al resto del “pasaje” y ellos me respondieron con la misma mirada, salvo el novio de la chica, quien se concentró en el techo del camión. Después del intercambio de miradas decidí sumarme con el chofer (por qué, no lo sé), camine hacia la puerta delantera y esperaba, de algún modo milagroso poder atrancar, aun más la puerta. Acto seguido una valiente señora de la tercera edad lanzó una consigna contundente y pasiva: “apoco nada más hay dos pinches hombres en el camión” y como si fuera un conjuro, logró invocar a más “hombres” que echaran la mano y así evitar que los estudiantes fiesteros pudieran tomar el camión.  

Para no hacer el cuento largo, se evitó que los jóvenes abordaran, a costa de aceite en la ropa y uno que otro recordatorio del 10 de mayo. Superado este pequeño obstáculo regresamos a nuestros asientos con la cara llena de miedo, terror en algunos y algo más.

Conforme íbamos avanzando comencé a cuestionar el comportamiento colectivo de quienes éramos los pasajeros, preguntas tan simples, por ejemplo ¿por qué ninguno de nosotros reaccionó de manera inmediata y se lanzó a bloquear las puertas del camión? ¿por qué la chica me exigió que hiciera algo y no a su novio? Vaya, por qué esperábamos que alguien más hiciera algo por nosotros, ante una situación de evidente peligro para todos.

En el mejor de los casos, los chavos sólo nos hubieran bajado del transporte y habrían llegado a un acuerdo con el chofer para que los llevara su destino; pero en un escenario menos alegre, los pasajeros nos hubiéramos llevado una taloneada con su respectivo coscorrón (nunca falta un manchado que se esconde en la impunidad y anonimato de la masa).

Quizás exagero, pero al menos en esta ocasión el principio de solidaridad entre los seres humanos (que íbamos en el camión) simplemente se esfumó, se vio aplastada por gritos y porras que impusieron miedo en prácticamente todos los que estábamos ahí. Por ello no es raro que muchos ciudadanos suelen actuar con miedo y los paraliza ante las injusticias y esperan a que “otros” actúen o hagan algo por ellos.

Explica el por qué los usuarios del metro temen unirse y solidarizase de lleno con el movimiento #PosMeSalto y prefieren pagar el aumento de $5 pesos al boleto del metro. Lo que me tocó vivir en a bordo de ese camión resultó muy sintomático, se vive con un miedo cotidiano.


@Win_Ramirez





[1] Diccionario de la Real Academia Española, [en línea], dirección URL: http://lema.rae.es/drae/?val=miedo, [Consulta: 3 de enero de 2014]

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