Vivir en una zona geográfica determinada
te permite ser testigo de fenómenos sociales cotidianos que pueden ser materia
de estudio para quienes se dicen científicos sociales, los explican,
diseccionan, racionalizan y conceptualizan, pero eso no los despoja de la
cotidianidad con la que se vive el día a día.
Por ejemplo la violencia, característica
que al parecer viene implícita en cualquier ser humano, aunque algunos suelen
ejercerla y desarrollarla para ¿relacionarse? con su(s) entorno(s)
inmediato(s).
Puedo decir que vivir en una delegación
tan compleja del Distrito Federal como lo es Iztapalapa te permite desarrollar
ciertas aptitudes para hacer llevadera la existencia en un ambiente marcado por
la marginación en toda su complejidad. Así mismo puedes observar de manera
cotidiana el ejercicio de la violencia en diversos niveles, desde la carrilla infantil, el tiro entre los más picudos y la campal que suele desatarse en medio de
la fiesta callejera o una crispada cascarita de fucho.
No obstante se puede decir que he tenido
el privilegio de no observar de manera cotidiana un ejercicio de la violencia
física sobre una mujer, salvo dos ocasiones. La primera suele caer en una
especie de anécdota: el hombre golpea a la mujer en medio de la calle y cuando
un samaritano intenta defenderla de la tunda, ésta le grita “!déjalo, es mi
marido (esposo, pareja, lo que sea) y puede hacer lo que quiera”, acto seguido
el público opta por seguir su camino o quedarse a ver en que acaba el pleito. Pero
esta segunda vez, las cosas fueron totalmente distintas debido al nivel de
indiferencia que se vivió alrededor de aquella joven pareja.
La escena se desata en la calle (otra
vez), en medio de una serie de gritos llenos de furia, que emanan de un sujeto
cuya voz se percibe herida, la víctima, una joven de no más de 20 años cuya
mirada se llenó de miedo y se encontraba acorralada contra la pared, parecía un
conejo hipnotizado ante una serpiente. La pregunta que se gritaba llevaba una
sentencia implícita: ¡¿te estás burlando de mí?! Seguida de una serie de golpes
al muro que se cimbraba ante la furia del verdugo.
Esta pregunta se gritó muchas veces
acompañada de manotazos cuyo objetivo principal era amedrentar, pero conforme
el silencio de la joven mujer se iba endureciendo, los brazos del sujeto se acercaban
a su delicado rostro, sucediendo lo inevitable, uno de esos golpes alcanzaron
la piel de la víctima cuyo cabello rizado se sacudió con fuerza. Nuevamente la
curiosidad colectiva rodeo aquella escena, no se formó la clásica bolita, debido a que no era una
contienda y menos entre iguales.
Intenté llamar una patrulla para que se
le brindara apoyo a la mujer que estaba siendo violentada, pero el marcar el 060
fue lo más frustrante, porque la operadora me llenó de una serie de preguntas,
quizás fueron diseñadas de manera sensata, pero ante una situación de angustia,
suelen ser irritantes. Después de responder un formulario de diez minutos al
fin la señorita que estaba al otro lado de la línea aseguro que la ayuda
llegaría en menos de tres minutos, mentira.
La pobre joven tuvo que soportar otra
andanada de amenazas, gritos e insultos acompañados de golpes certeros que
sacudían su humanidad. Finalmente el sujeto detuvo su agresión y optó por
canalizar su furia en gritos, amenazas y retos a todo aquel que se atreviera a
verlo. A estas alturas la patrulla seguían sin llegar.
Todavía no alcanzaba a recuperarme de la
impresión, cuando escuche decir a alguien: “pero ese wey siempre hace lo mismo,
no le hagan caso” ¡qué! ¡Cómo que no le hagamos caso!
Según el Instituto Nacional de
Estadística y Geografía (INEGI) alrededor de 2,842,309 mujeres sufren violencia
física por parte de su pareja[1]
y para mi desgracia, fui testigo de una “cifra”. No concibo como algo normal el uso de la violencia contra
cualquier ser humano.
Pienso que, muchas veces se busca
erradicar la violencia hacia la mujer dejando fuera por completo al hombre,
quien regularmente es educado para hacer valer su presencia por cualquier medio
y convierte a su compañera en el objeto de sus frustraciones, miedos e
inseguridades. Al ver este tipo de indiferencia tan cotidiana hacía la mujer,
creo entender a mis amigas y colegas feministas cuando afirman que este tipo de
prácticas se encuentran institucionalizadas e invisibilizan un fenómeno que
persiste en diversas modalidades.[2]
Al final tanto víctima como victimario
tomaron rumbos diferentes, en medio de miradas castigadoras, que los condenaban
a los dos, ¿eso se vale? Pienso que no.
@Win_Ramirez
[1] Panorama de violencia
contra las mujeres en México: ENDIREH 2011, [en línea], dirección URL: http://www.inegi.org.mx/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/estudios/sociodemografico/mujeresral/2011/702825048327.pdf,
[Consulta: 3 de febrero de 2014]
[2] Las Naciones Unidas
definen la violencia contra la mujer como "todo acto de violencia de
género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o
psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o
la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública
como en la privada".
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